Viento en popa, olas color plata y azul,
tierras charrúas por un lado y argentinas del otro, lo único que me separa es
un tal Rio de la Plata, el rio más ancho del mundo. Mi pasaporte es
sellado en la aduana y me embarco en un buque con destino a la ciudad porteña
de Buenos Aires. La nostalgia me reboza y la sensación de aventura brota
nuevamente por mi piel.