Viento en popa, olas color plata y azul,
tierras charrúas por un lado y argentinas del otro, lo único que me separa es
un tal Rio de la Plata, el rio más ancho del mundo. Mi pasaporte es
sellado en la aduana y me embarco en un buque con destino a la ciudad porteña
de Buenos Aires. La nostalgia me reboza y la sensación de aventura brota
nuevamente por mi piel.
Los recuerdos regresan y veo al chico que
se sentaba a ver el globo terrestre añorando algún día poder presenciar la
majestuosidad de los paisajes australes que este país posee. A veces no creo
que por fin este cumpliendo mi gran sueño de viajar por el mundo, pero después me
acuerdo de una frase que Walt Disney dijo una vez, “si lo puedes soñar, lo
puedes realizar.” ¡Y si! Estoy en Argentina cumpliendo mi sueño, el resto es
historia.
Al pisar tierras argentinas me dirigí
rápidamente hacia la línea de subte que me llevaría a Palermo, el barrio donde
viviría y trabajaría unas semanas. Fui muy bien recibido por la gente del
lugar, me explicaron mis deberes y me instale en un dormitorio. Los primeros
días la pase organizándome y planeando lo que haría en mis días libres por Buenos
Aires.
Mi primer recorrido lo hice por el barrio
de Palermo, camine por sus calles y avenidas hasta perderme dentro del bello
Parque Tres de Febrero, una versión porteña al estilo del Parque Central en
Nueva York. Este parque es mejor conocido como Bosques de Palermo ya que es un
conjunto de parques interconectados que cuentan con una variedad grande de
flora, gimnasios al aire libre, jardín botánico, zoológico, entre otras cosas
más.
Caminando por Palermo me di cuenta de un
“bici-proyecto” que la municipalidad había creado para los ciudadanos y
viajeros que visitaran la metrópolis. El propósito es fomentar el ejercicio y
disminuir el uso de automóviles y transporte público para mejorar la salud y el
medio ambiente. Así que decidí inscribirme y recorrer la ciudad en bicicleta.
La primera parada fue en el famoso
Cementerio de Recoleta, donde se pueden apreciar grandes bóvedas y mausoleos
construidas por famosos arquitectos para las familias adineradas de la
emergente economía argentina. Entre ellas se puede visitar tumbas interesantes
como la de la famosa Evita Perón o la de David Alleno, encargado del cementerio
que ahorro toda su vida para poder construir en él su propia tumba.
Seguí el recorrido en bici saliéndome de la
bici-ruta y aventurándome por las avenidas concurridas como si fuera un
motociclista que se escabulle entre los autos y autobuses detenidos en la hora
pico del tráfico. Aterrice en la Avenida 9 de Julio, aparentemente la más ancha
del mundo con 140m de ancho y 22 carriles en total. Ahí pude presenciar dos de
los iconos porteños más importantes de la ciudad: el Obelisco y el Teatro
Colon. Termine el recorrido un poco después en la célebre Casa Rosada, sede del
poder ejecutivo de la Republica de la Argentina.
Las excursiones
que hice por Buenos Aires eran breves y únicamente en mis días libres. Sin
lugar a dudas una de mis favoritas fue cuando visite el popular barrio de la
Boca, uno de los más emblemáticos de la ciudad debido a su historia y futbol. El
barrio tiene fama de ser peligroso, de hecho unos días antes de ir se había
popularizado un video de intento de asalto a un turista pero no fue motivo para
no ir. Llegue y comencé a admirar las pintorescas calles del famoso “caminito,”
lugar donde se encuentran las coloridas casas y restaurantes donde se puede
comer una buen choripán mientras vez a una pareja bailar tango para los
turistas. Desgraciadamente no pude entrar a la Bombonera porque había un
entrenamiento programado ese día y no estaban dejando entrar a nadie.
Los días pasaron y con ello la fecha del Súper
Clásico, el partido que casi todo porteño espera, River vs Boca. Quise asistir al juego pero
además de ser muy caro el ingreso no había seguridad de que los boletos fueran
auténticos, así que desistí. Mi tiempo en Buenos Aires estaba por terminar y
aun tenía el deseo de ingresar al templo de los Xeneizes. La tercera fue la
vencida pues en dos previas ocasiones no pude ingresar al estadio. Hice un
recorrido por el estadio y hasta trepe la cerca como el jugador número 12 lo
hace durante los partidos. Un sueño más cumplido.
Unos días antes
de partir me pasó algo que desgraciadamente ocurre en muchas partes del mundo,
fui verbalmente discriminado por un porteño sin motivo alguno. Cuando el suceso
ocurrió quede totalmente anonadado ya que no podía creer lo que acababa de
escuchar, pero bueno, seguí adelante y no deje que la ignorancia de este señor
me afectara.
El porteño tiene
fama de ser insoportable, pedante, soberbio, creído, entre muchos más
adjetivos. De hecho antes de llegar mucha gente me advirtió que la iba a pasar
mal con ellos. Pero bueno, si algo me ha enseñado el viajar es que hay todo tipo
de personas en el mundo. Así como me
tope con tipos que te discriminan y te hacen muecas y gestos cuando les haces
una pregunta, igual me tope con gente amable y con buena vibra.
Honestamente si
me di cuenta del porque de la fama de los porteños, pero como lo dije
previamente, hay de todo en esta vida. Igualmente me he topado con gente mala
onda en mi país y sé que me toparé con más en otros países. Lo importante es no dejar que esta gente
ignorante te arruine el día y continuar con el viaje. Y así seguí mi camino
hacia el sur por la Ruta 3.
Después de muchas
horas de camino llegue a Puerto Madryn, donde me hospedaría con Gustavo, un
brasileño que estudia su doctorado en esta zona. Este lugar sirve como
trampolín para ir a visitar la Península Valdés, lugar de suma importancia para
la preservación de mamíferos marinos. En
esta parte del mundo llegan diferentes tipos de especies marinas como ballenas
francas, pingüinos magallánicos, elefantes y lobos marinos. Igualmente puedes
encontrar orcas cuya estrategia de caza es única en su género.
Pase muy gratos
momentos con Gustavo, su grupo de amigos, mi amigo Neil y un par de brasileñas
que al igual que yo estaban haciendo couchsurfing. Alquilamos un auto y nos
dirigimos a recorrer la península. Visitamos una pequeña colonia de pingüinos,
admiramos los gigantescos elefantes marinos mientras asoleaban sus robustos
cuerpos en la playa de piedras y observamos un sinfín de manadas de guanacos
correr por la llanura.
Al día siguiente
un par de amigos de Gustavo me llevaron a una playa cercana para avistamientos
de ballenas francas. Era mi último día y la última oportunidad para ver
ballenas a una corta distancia. Dicho y hecho, un grupo de ballenas se
encontraba a menos de 20 metros de distancia de la costa jugando y rascándose
con las piedras que predominan en la playa. Fue una experiencia totalmente
increíble poder ver frente a mí a estos animales en su hábitat natural sin
necesidad de comprar una entrada en Seaworld.
Y así mientras
las ballenas se despedían aleteando y saltando en las frías aguas del sur del
Océano Atlántico, yo alzaba ancla y dirigía velas hacia la ciudad más austral
del mundo, Ushuaia.
Cruce
satisfactoriamente el Estrecho de Magallanes y entre a la notoria isla de
Tierra del Fuego, cuyo nombre se derivo cuando Magallanes y los demás
exploradores navegando observaron las
inmensas hogueras creadas por los nativos para protegerse del intenso frio
patagónico. Los diferentes grupos de indígenas que coexistían en la zona vivían
desnudos y se cubrían de grasa de foca para resguardarse de la humedad y el
frio.
La noche comenzó
a asomarse mientras cruzaba la parte final de la cordillera andina, teniendo
como espectáculo un hermoso atardecer a lo largo del Lago Fagnano. Mientras
observaba el ocaso del sol me acorde de las tantas veces que me sentaba a soñar
y planear cuando y como llegaría hasta la ciudad más austral del mundo,
Ushuaia. Pospuse una y otra vez el sueño de recorrer estas tierras australes
del continente americano, pero jamás di por vencido mi sueño. La perseverancia
me otorgo la oportunidad de cumplir un sueño más y por fin pude tocar tierra en
uno de los lugares más australes del planeta.
Durante los pocos
días que estuve ahí trate de buscar excursiones pero lamentablemente todo era
muy caro, así que opte por un paseo en barco por el Canal de Beagle, donde hace
un par de siglos había cruzado Darwin con su expedición en busca de oportunidades
como naturalista amateur.
El paseo en barco
fue genial, navegamos por el canal, visitamos tres islas y tuvimos la
oportunidad de descender en una de ellas. Al regresar a tierra firme decidí que
era tiempo de empacar mis cosas e irme de esta zona remota del continente.
El recorrido que
llevaba hasta ahora me había llevado por toda la costa del Atlántico, desde el
noreste brasileño hasta la punta austral del continente donde los océanos
Atlántico y Pacifico se encuentran. Ahora
mi objetivo era subir por el Pacifico hasta Alaska, así que decidí pararme en
la salida de Ushuaia y alzar mi mano hacia el horizonte con el pulgar
levantado.
De esta manera le
puse una pausa a mi viaje por la bella Argentina y cruce a su país vecino
haciendo dedo. La incertidumbre de quien me ayudaría a llegar a mi próximo
destino estaba ahí, pero la ayuda no tardo en venir. Me despedí del fin del
mundo y comencé una nueva aventura parado donde más me gusta estar, a un lado
del camino.
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Estamos muy orgullosos de ti, recibe saludos y un gran abrazo, nos gusta mucho la manera en como narras todas tus vivencias, sigue adelante que nosotros siempre estaremos apoyándote, se te extraña mucho !
ResponderBorrar¡Que bueno que hayas podido recorrer algunos lindos lugares de mi país, espero regreses....lamento la mala experiencia en mi ciudad, pero como dices, mala y buena gente, hay en todos lados... y en eso no tiene nada que ver la nacionalidad...
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